¡Mamá, soy famoso!

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Saqué la foto mientras daba un paseo. A las escaleras de la Avinguda del Santuari de Sant Josep de la Muntanya llegué por casualidad. En realidad, el paseo, comenzó siendo un paseo para alejarme del asqueo que sentía por tener que dar un paseo. El paseo impensado y malhumorado comenzó y terminó en mi casa como es normal para todos los que aspiramos a caminar sin ser nómadas. El paseo, si es que se le puede llamar paseo a subir hasta el parque Güell y bajar como John Silver, tuvo una parada. Como ven en la imagen, me detuve a unos metros de la barandilla, me detuve para saltarme las normas y bajarme un segundo la mascarilla. Mi intención no era sacar una foto ni escribir lo que estás leyendo. Mi intención solo era respirar aire puro e inspeccionar cómo estaba el barco desde la cofa. Se podría decir que saqué el monocular para enfocar una de las velas que se ven en lo más profundo de la foto. Se podría decir que no sé nada de fotografía, mundillo que desconozco y que tampoco pretendo conocer. Algún espabilado podría decir que frecuento la Kasa de la Muntanya, pero de la casa solo conozco las piedras que protegen a los vecinos que resisten al sistema y a los perjuicios de los pocos vecinos que los rodean. Esos pocos son lo que me miran por encima del hombro y me apuesto el dinero que no tengo que si pasás por al lado te mirarán por encima del hombro a vos también. Cuidado, también podría decir que saqué la foto para que los pacientes que están ingresados en el Hospital de la Esperanza no perdieran la esperanza mientras están confinados en sus habitaciones. Yo sé que quedaría bonito aunque sonara cursi, pero si lo dijera quedaría muy mal con los colegas que continúan dejándose la vida por sueldos miserables en hospitales de España y el mundo entero. Se podría decir que, al cruzar la calle, los que habitan debajo de los tejados están pidiéndole a su Dios que termine la pandemia y que reine la paz y la igualdad de género en el mundo. En lo último tengo muchísimas dudas y supongo que las mujeres que habitan en el sótano tienen la misma duda cuando cumplen la obligación que las tiene condenadas. Se podrían decir muchas cosas. Y todas las cosas que pudieran decirse estarían bien y mal y serían indiferentes como esta foto y este texto que no sé por qué estoy escribiendo. O quizá sí lo sé y es que solo quería desarrollar: ¡Mamá, soy famoso! Cuando leí por primera vez la pegatina de ¡Mamá, soy famoso! me reí y nadie pudo verme porque ya me había puesto la mascarilla. Cuando la volví a leer, ya en la pantalla de mi teléfono, me pregunté quién podría ser la autora o el autor de esa oración exclamativa y adhesiva y pegarla en lo más alto de la montaña. Me pregunté si era un movimiento. Busqué en internet y encontré una cuenta en Instagram: @mamá_soy_famoso. En la red social se pueden ver muchas fotos de ¡Mamá, soy famoso! por diferentes ciudades del mundo. Yo ya soy uno de sus followers y quiero aprovechar para felicitar al autor o autora que escribió: ¡Mama, soy famoso! Aunque la frase da entender que el autor es un hombre yo quedé con la duda en que quizá sea una mujer o mujeres, de esta manera, incrementaría o incrementarían aún más el anonimato. También cabe la posibilidad de que sean un movimiento anónimo o underground que quiere hacernos pensar de forma crítica. A esta conclusión llegué después de reanudar mi paseo desmotivado. Llegué a casa con ¡Mamá, soy famoso! rebotando en mi cabeza y acá estoy haciendo rebotar el teclado y la única neurona que tengo y que salta de amargura y felicidad comprimiendo aún más los discos que tengo averiados. Si la anónima o el anónimo o el grupo de ultras anónimos que pegó la pegatina quería hacerme pensar, saquen ustedes solitos las conclusiones, porque como dije antes, la neurona que tengo está centrada en terminar este texto que no sé por qué estoy escribiendo cuando apenas puedo permanecer sentado. Las lecturas de ¡Mamá, soy famoso! pueden ser infinitas. Por este motivo no voy a extenderme y voy a explicar una conclusión. Voy a explicar solo una porque sé que podría explayarme; por ejemplo, en que el modelo educativo está obsoleto y que nos hacen creer que ser famoso y tener éxito son motivos para que madres y padres estén orgullosos de las vidas que lanzaron al mundo (en nos entran publicidad y medios informativos y en lanzaron entran los Heideggerianos y todos los que vendieron y venden promesas a cambios de votos y hostias que le dolerán a los futuros eyectados). Ese modelo educativo es el que les enseñaron a nuestros progenitores. Es por ese motivo que nuestros progenitores no solo no son los culpables, sino que son víctimas y victimarios como los abuelos de nuestros abuelos. Yo sé que podría hacerme el crítico y el filósofo que cree que golpeando una pandereta con forma de teclado y señalando, con el dedo índice en vertical, a la Revolución Industrial y al taylorismo y a todos los ismos quedaría con la panza llena y como un excéntrico y soberbio contradictorio. Sé que si digo que el consumismo nos convirtió en máquinas que producen basura para que otros que también son basura coman y caguen la basura que comerán otros que son aún más basura que los que mueren por comer la basura que tiramos quedaría cínico, reflexivo y egocentrista. Como dije antes, esta oración es de múltiples lecturas e infinitas conclusiones y solo me gustaría cerrar con la única pregunta que se ha hecho mi única y admirada neurona: ¿Existirá alguna madre expectante o algún papá desilusionado esperando a que llegue su descendencia y le diga entre lágrimas o carcajadas: ¡Mamá, soy famoso!?

Maximiliano Rodríguez Vecino